para «atreverse a vivir el Evangelio»

 

22 de julio de 2012

 

Introducción

 

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó». Es el tema del día. Pero, ¿quién es ese hombre que marcha por el camino? Viene de la ciudad celestial de Jerusalén y va a Jericó… Camina en medio de los peligros. Es atacado. Está herido. Lo abandonan…

 

¿Quién es, pues, este hombre que va a Jericó? Orígenes dice que Adán… la humanidad, son ustedes, somos nosotros…, eres tú, soy yo…

 

¿Quien es el hombre de hoy?, ¿Qué busca? Los sociólogos nos dicen que los jóvenes actuales pertenecen a la civilización de las pantallas, de los teléfonos móviles, del MP3 con los auriculares siempre puestos. En cierta medida, se encierran en un mundo paralelo. Tienen muchos contactos, pero a la vez carecen de una verdadera comunicación. Les faltan momentos para pararse, reflexionar y meditar… Pero, como todos nosotros, anhelan la felicidad.

 

¿Y qué les pasa a los jóvenes que entran en los Equipos de Nuestra Señora?, ¿Qué buscan? El p. Piat, Consiliario de Isla Mauricio, escribe en la última Carta a los Equipos: «Las parejas jóvenes de hoy tienen sed de Dios y sed de dar testimonio de la esperanza en la que creen». Sigue diciendo: «Igual que un árbol necesita que sus raíces beban del agua viva, los jóvenes necesitan enraizarse en Cristo y en su Evangelio. La fe cristiana no es un conjunto de verdades en las que hay que creer sino una relación personal con Cristo que es la fuente del dinamismo de nuestra vida. Cuando entramos en una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra propia identidad, y con esta amistad, la vida se engrandece y se realiza en plenitud».

 

Nos gusta mucho lo que escribe el p. Piat. Dice con otras palabras lo mismo que decía el p. Caffarel; el «Apóstol del Encuentro». Toda su vida tuvo como objetivo posibilitar el que hombres y mujeres se encontraran con Cristo. Dijo lo que ya habréis escuchado en aquella entrevista que le hicieron en la radio: «Hablar de Dios es tan difícil… hay que hacer más, hay que hacerlo mejor… hay que invitar a las personas a encontrarse con Dios».

 

El P. Caffarel quería que cada uno de nosotros tuviera la experiencia de este encuentro. A nosotros cristianos, este encuentro con Cristo nos permite encontrarnos con Dios y con los hermanos. Somos seres que se relacionan. Sin relacionarnos, nos morimos. La relación es lo que nos da la vida. El cristiano vive en primer lugar la relación con el Señor. Dios mismo busca continuamente al hombre. Es quien toma la iniciativa del encuentro. Es quien viene a encontrarse con nosotros en el camino.

 

Queremos hablar de este tema del encuentro en la Carta de los Equipos de Nuestra Señora. Esta carta es un regalo que el P. Caffarel y el primer equipo nos han legado como un medio para ayudarnos a buscar mejor a Dios, a caminar con Cristo, a encontrarnos con Él y dar testimonio. Vamos a volver sobre cada uno de estos puntos, buscar a Dios, encontrarnos con Cristo, dar testimonio.

 

1 – «Alégrese el corazón de los que buscan a Dios»

 

El Catecismo de la Iglesia Católica (nº 30) nos habla de los que buscan a Dios comenzando con la frase del salmo 105: «Alégrese el corazón de los que buscan a Dios. Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios mismo no deja de instar a que los hombres le busquen para que vivan y encuentren la felicidad. Pero esta búsqueda exige del hombre toda su inteligencia, la firmeza de su voluntad, un corazón recto, y también el testimonio de personas que les enseñen a buscar a Dios».

 

Vamos a leerles un extracto de la conferencia del Padre Caffarel en Roma en mayo de 1970: «Su matrimonio dará testimonio de una manera más explícita aún, si es la unión de dos “personas que buscan a Dios”, según la admirable expresión de los salmos. Dos personas que buscan con una inteligencia y un corazón deseosos de conocer, de encontrarse con Dios, de estar unidos a Él porque han comprendido que Dios es la gran realidad, porque Dios les interesa más que nada».

 

El p. Caffarel continúa incitando a los matrimonios de los Equipos a buscar a Dios. Los invita a ser «adoradores en espíritu y verdad». Este deseo de adoración debe guiar sus vidas.

 

El matrimonio cristiano es una iglesia reducida, una célula de la iglesia, es decir, un lugar de culto donde Jesús está presente. El p. Caffarel dice que la familia cristiana es «el hogar de Dios en medio de los hombres».

 

El matrimonio cristiano no es un gueto cerrado sobre sí mismo ajeno a los males del mundo sino : «el lugar desde donde partimos para realizar todas nuestras tareas» Tendríamos la tentación de decir, es el puerto donde recargamos la energía necesaria, el carburante, el agua y el alimento.

 

El p. Caffarel continúa diciendo: «El Dios amigo de los hombres, envía en misión a sus servidores cuando han retomado fuerzas en el amor mutuo, en la oración y en el descanso. Por tanto, no es sorprendente que en medio de los hombres, el matrimonio cristiano sea testimonio del Dios vivo» (Conferencia de Roma, mayo de 1970. “Los Equipos de Nuestra Señora frente al ateísmo”).

 

2 - El «Encuentro» del P. Caffarel

 

Más que nunca, los hombres y mujeres necesitan encontrar el sentido de su vida interior, una vida dirigida a la búsqueda de lo trascendente. Las parejas jóvenes que entran hoy en los Equipos buscan esta ayuda para su vida de pareja y su vida con el Señor.

Como hemos dicho, la gran preocupación del p. Caffarel es que el hombre que va de Jerusalén a Jericó tenga la posibilidad de encontrarse con Jesús en el camino. Su deseo más profundo es que el hombre y la mujer tengan la experiencia del encuentro con el Señor, un Señor que los ama, que los ayuda a descubrir el amor y que los acompaña en el camino.

 

Hemos escuchado su testimonio: «Yo sabía que amaba y que era amado. Lo nuestro es para toda la vida». Después de su encuentro con el Señor, el p. Caffarel deseó ser monje: «Toda mi vida, decía, he sentido nostalgia del monasterio». Es importante saberlo porque esto explica muchas cosas de la intuición creadora y de la pedagogía de los Equipos de Nuestra Señora.

 

El primer equipo que se reunió con el p. Caffarel se componía de 4 matrimonios. Juntos buscaron cómo vivir plenamente el sacramento del matrimonio. El pequeño grano lanzado en tierra comenzaba a germinar… Esta primera experiencia generó un gran entusiasmo. Muy rápidamente, siguiendo el ejemplo de este primer equipo, surgieron otros equipos y se multiplicaron.

 

A partir de ese momento, el p. Caffarel tuvo una inquietud, los equipos ¿corren el riesgo de convertirse en «guarderías de adultos»? o ¿de ser un lugar de intercambio de ideas sin implicación verdadera de cada uno? Pareció necesario proporcionarles una regla para su funcionamiento, «para que no se desanimaran».

Como los monjes, como las órdenes religiosas que duran siglos, decidió dar al movimiento una regla, no una regla monástica sino una Carta que definía el espíritu, la vocación, la pedagogía del Movimiento. Esta Carta, esta regla del Movimiento no tenía más que un objetivo: «Ayudar a las parejas a caminar hacia la santidad gracias al sacramento del matrimonio» con el fin de dar a la Iglesia y al mundo parejas firmes en la fe.

 

El P. Caffarel lo expresaba así en la carta de 1947: «Esta Carta responde al deseo de numerosos grupos, normalmente expresado en sus últimos años, de tener una dirección firme, unas orientaciones precisas y un marco claro».

 

Decía también: «La única intuición verdadera, la que corresponde a la finalidad de los Equipos, es la voluntad de conocer mejor a Cristo, de amarlo más y servirlo mejor. Entramos en los Equipos por Dios, y permanecemos en ellos por Él».

 

La Carta nos ayuda en nuestro deseo de ir más allá en nuestro amor a Dios y en nuestro amor del uno por el otro. El equipo es fuente de ayuda, de fuerza, de dinamismo para ir hacia Dios y para extender el amor que está presente en nuestro matrimonio.

 

3 – « Han decidido formar equipo para servir al mundo»

 

Les proponemos releer el comienzo de la Carta:

 

“Ambicionan llegar al límite de sus promesas bautismales

Quieren vivir para Cristo, con Cristo y por Cristo

Se entregan a Él incondicionalmente

Quieren servirle sin discusión

Le reconocen como Jefe y Señor de su hogar

La norma de su familia es el Evangelio

Quieren que su amor santificado por el sacramento del matrimonio sea:

·         una alabanza a Dios,

·         un testimonio para los hombres, dando pruebas evidentes de que Cristo ha salvado el amor,

·         una reparación de los pecados contra el matrimonio

Quieren ser en todas partes misioneros de Cristo.

Entregados a la Iglesia, quieren estar siempre dispuestos a responder a la llamada de su obispo y de sus sacerdotes.

Aspiran a ser competentes en su profesión.

Quieren convertir todas sus actividades en una colaboración a la obra de Dios y en un servicio a los hombres.

Como conocen su propia debilidad y el límite de sus fuerzas, a pesar de su buena voluntad, porque experimentan a diario la dificultad de vivir cristianamente en un mundo paganizado y porque tienen una fe inquebrantable en el poder de la ayuda mutua fraterna

Han decidido formar equipo”.

Vemos cómo el p. Caffarel quería que las parejas cristianas vivieran en unión total con Cristo, se convirtieran en verdaderos discípulos seguidores de Cristo, para dar testimonio en el mundo. Quería que «los esposos se dieran el uno al otro para darse juntos». Les quería dar unos medios para no dejarse llevar por la corriente del mundo. Para darles unos medios con los que resistir, instituyó la Carta.

 

«No es fácil ser santos en el mundo. Aceptar responsabilidades, estar presentes en la ciudad: después de algunos años, algunos cristianos, cada vez más numerosos, lo están haciendo. Pero cuántos han perdido el entusiasmo y la pureza del cristianismo de su juventud… Su corazón no estaba sólidamente formado, incorruptible. No podemos lanzarnos al agua para salvar al mundo del naufragio sin tener claros los medios con los que resistir el torbellino» (Anneau D’Or nº30, noviembre-diciembre 1949)

 

El p. Caffarel se preguntaba, «¿Cómo formar testigos de Cristo?». Las parejas necesitan alimentarse de la vida fraternal de equipo, de la Palabra, de la oración, de la meditación, «Es lo que les da nuevas fuerzas».

 

La Carta es nuestro punto de apoyo para nuestro matrimonio. Es un punto de apoyo para durar. Responde a nuestras aspiraciones profundas, a nuestro deseo de amor, bondad y santidad para servir mejor en la Iglesia y en el mundo.

 

Conclusión, «Haz tú lo mismo»

 

Para terminar, volvemos al texto del Buen Samaritano. Después del encuentro en el camino, después de la curación, Jesús le dice: «Anda y haz tú lo mismo».

 

El P. Caffarel continúa en su conferencia de Roma: «Yo quisiera trasladarles mi convicción de que un matrimonio que busca a Dios en un mundo que no cree ya en Él, que no cree en el amor, es una teofanía, una manifestación de Dios igual que fue para Moisés la zarza ardiendo en el desierto.

 

Si su vida de pareja, si su amor da testimonio de un Dios de amor, entonces y sólo entonces, podrán ser testigos con la palabra, porque su vida lo confirmará.

 

…Los Equipos de Nuestra Señora son un Movimiento de espiritualidad en el que los esposos en un siglo de ateísmo, quieren tomar conciencia de la presencia activa de Dios; en primer lugar en ellos mismos, en su hogar, con el fin de que su vida siguiendo el ejemplo de Cristo manifieste a Dios y sus perfecciones. O mejor aún, permita que Dios se diga y se dé». (Conferencia de Roma, 5 de mayo de 1970. “Los Equipos de Nuestra Señora frente al ateísmo”)

 

La Carta es ese regalo precioso para «atreverse a vivir el Evangelio».
«Matrimonios, llenos del Amor de Cristo,
salgamos al mundo para sanar el corazón del hombre».

 

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