Nota del Equipo Web: Acabamos de pasar el Encuentro ENS Colombia 50 Años y sigue el Encuentro Internacional Brasilia 2012. Las palabras de los Responsables del ERI en la Carta marzo-abril de 1982, relacionadas con el Encuentro Internacional de Roma en septiembre de ese año, se convierten en actuales y hacen llamado que trasciende la peregrinación: “Estamos invitados a hacer un acto gratuito hacia Dios, en respuesta a un don gratuito que Él nos ha hecho con su vida y su amor”.

 

Lo mismo que Paúl y Marie-Jeanne Vercruysse preguntaban en la carta anterior, refiriéndose a los ejercicios espirituales (retiro anual): «¿Para qué sirven?», nosotros les repetimos esta pregunta hoy al tratar del encuentro en Roma en septiembre próximo. Lo que era verdad para los ejercicios, lo es igualmente para este encuentro. ¿Para qué sirve? Para nada, salvo como un gesto desinteresado para con Dios.

 

Estamos invitados a hacer un acto gratuito hacia Dios en respuesta a un don gratuito que El nos ha hecho con su vida y su amor: Cada equipo del Movimiento, y el Movimiento en sí, se reúne por Dios. Esto es cierto en cada reunión, en cada encuentro y también en este gran encuentro en Roma.

 

Dicho de otra manera, somos invitados a dar un paso con fe. Todas las consideraciones humanas que podríamos hacer para justificar –o criticar, esta peregrinación estarían fuera de lugar.

 

El motivo auténtico es la respuesta a la llamada de Dios: «Los reuniré de todas las naciones...».

 

Ya volveremos sobre este aspecto comunitario y eclesial de nuestro encuentro. Hoy nos vamos a detenernos sobre este paso en la fe. ¿Qué quiere decir dar un paso en la fe? Se pueden ver dos aspectos: inspirado por la fe o para buscar la fe. En todo caso es la fe que nos empuja.

 

Nos ponemos en marcha –muy concretamente pues somos encarnados, para ir hacia el Padre. Caminamos con Cristo vivo y presente en cada uno de nosotros y en nuestra comunidad. Caminamos empujados por el Espíritu de Cristo, que nos saca de nuestra comodidad y de nuestras costumbres para llevarnos por sus caminos. Esto es lo que quiere justificar nuestra peregrinación. «Vengan, gritemos con alegría, pues vamos a la Casa del Señor».

 

Pero, a la vez, vamos a Roma (o acompañamos con nuestra oración a los que van y nos representan), para pedir más fe. Nuestra petición es la del Evangelio: «Creo, Señor, pero ayuda a mi poca fe»... Porque todos necesitamos llenarnos de fe.

 

¿Porqué? Porque todos somos llamados –y cada vez más en el mundo tan difícil en que vivimos, al combate de la fe.

 

Somos llamados cada día: para convertirnos personalmente al Evangelio de las Bienaventuranzas; para dar testimonio luego de la Buena Nueva de Cristo muerto y resucitado por nosotros, ante todas las personas con las que vivimos.

 

Un combate que no se acaba nunca. Y que en algunos momentos y para algunos hombres y pueblos toma aspecto de martirio. No tenemos que vencer a los enemigos con armas humanas; tenemos que anunciar a Cristo a unos hermanos (que a veces no saben que lo son) viviendo de la auténtica vida de Cristo. «Señor, ¿con quién iríamos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna». Esto es lo que el paso que vamos a dar quiere a la vez afirmar y pedir.

 

Si éste es el sentido de nuestro encuentro, la objeción de su elevado costo no nos puede parar. «Es demasiado caro, dicen algunos. Este dinero se podría emplear para el Tercer Mundo.» ¿Es eso exacto? No lo pensamos.

 

Porque lo que produce la injusticia, la opresión, la desigualdad en el reparto de los bienes de la tierra, es el egoísmo que domina el corazón del hombre, nuestro corazón; es el amor al dinero y a todo lo que nos procura.

 

Lo que esperamos de este paso en la fe es que Dios cambie nuestros corazones, que Dios les quite el egoísmo y los comprometa a fondo en el servicio a los demás y a los más pobres. Si Dios quisiera que, en respuesta a nuestro gesto de fe, aparecieran entre nosotros gente que imitara a Madre Teresa, Jean Vanier..., este dinero «tirado» por Dios daría el ciento por uno.

 

¡Pues eso es lo que esperamos de nuestro encuentro en Roma! Por eso les pedimos que empiecen a rezar ya y a todo lo largo de la preparación espiritual de nuestra peregrinación. Vayamos o no a Roma, todos somos parte interesada en esta aventura. Todos somos invitados a la conversión.

 

Nuestro mundo necesita que tengamos una fe profunda, que seamos hogares con fe y, entonces, con amor.

 

«¡Señor, haz que seamos artesanos de la paz! ¡Señor, haz que seamos constructores del amor!».

                                                                                                                ** Responsables Internacionales – 1982